Los llamados Millennials (nacidos entre 1981 y 1996) y la Generación Z (nacidos entre 1997 y 2012), son las generaciones que más han estudiado en la historia de España.
Se demostró en 2023 mediante una encuesta de Población Activa del Instituto Nacional de Estadística o INE que concluyó en que el 52% la población española entre 25 y 34 años alcanzó el nivel de educación superior. Un nivel que engloba tanto titulaciones universitarias como Formación Profesional de Grado Superior.
Nunca antes tantos jóvenes españoles habían llegado tan lejos en formación. Sin embargo, nunca antes había sido tan difícil para ellos pagar un alquiler, ahorrar o simplemente llegar a fin de mes. Cada vez más están buscando fuera lo que aquí no encuentran, apoyándose en empresas especializadas en programas de trabajo en Europa con alojamiento incluido.
Las generaciones más formadas de la historia, atrapadas en un mercado que no las recompensa
Como demuestra el dato, más de la mitad de los jóvenes españoles de entre 25 y 34 años tiene estudios universitarios. Han hecho lo que se supone que había que hacer: estudiar, formarse, prepararse. Pero el mercado laboral y el precio de la vivienda les han puesto delante una ecuación que no cuadra por mucho que se esfuercen.
El problema empieza nada más terminar la carrera. Las empresas exigen experiencia previa para acceder a un primer empleo. Pero sin ese primer empleo, es imposible conseguir experiencia. Un círculo vicioso del que es muy difícil salir.
Así que la puerta de entrada más habitual es la beca o las prácticas: contratos con remuneraciones que en muchos casos no superan los 400 o 500 euros al mes y que no permiten ni plantearse la independencia.
Ante esa realidad, muchos optan por opositar: una salida legítima y valorada, pero que implica años de preparación sin ingresos estables, compaginando el estudio con trabajos temporales que apenas cubren los gastos básicos. Otros simplemente permanecen en casa de sus padres porque es la única forma de no ahogarse económicamente. Y los que no tienen esa opción se enfrentan a una decisión muy concreta: pagar un alquiler que se lleva una parte desproporcionada de su sueldo.
Muchos de estos jóvenes cualificados acaban trabajando en sectores como la hostelería, sector también respetado, pero en el que los números son especialmente crudos. Según la Encuesta Anual de Estructura Salarial del INE, publicada en mayo de 2026 con datos de 2024, los trabajadores de hostelería percibieron un salario medio de 17.653 euros anuales, lo que equivale a aproximadamente 1.471 euros brutos al mes. Es el sector peor remunerado de toda la economía española, con una brecha del 40% respecto a la media nacional.
De esos 1.471 euros brutos (unos 1280 € netos aproximadamente). Con ese sueldo, optar a un piso completo en ciudades como Madrid, Sevilla o Barcelona es inviable, por lo que deben conformarse con una habitación en un piso compartido con hasta 6 o 7 personas. Si se echa un ojo en portales como Idealista, solo una habitación tiene un precio mensual de entre 500 y 900 € al mes. Y a esto se debe sumarle el transporte, la alimentación, el teléfono, los suministros. Lo que queda al final de mes no da para ahorrar. Apenas da para sobrevivir. Y desde luego no da para construir un futuro.
Miles de españoles ya tomaron la decisión: Trabajar en Europa o Suiza
El panorama descrito no es una queja generacional sin consecuencias. Se está traduciendo en una decisión cada vez más común: marcharse. Y Europa es el destino principal. No solo por la proximidad geográfica o cultural, sino por una razón muy concreta: los números cuadran.
Pero esta tendencia ya no la protagonizan únicamente quienes llevan años barajando la posibilidad en silencio. En los últimos años, las redes sociales han convertido el salto a Europa en un fenómeno con rostro y con comunidad. Cuentas especializadas como @trabajaenhoteleseneuropa van más allá y publican guías, entrevistas y ofertas de trabajo en hoteles europeos con alojamiento incluido, generando comunidades activas de decenas de miles de jóvenes que están dando o pensando dar el paso.
Suiza se ha convertido en el gran imán. Y no es casualidad. En trabajos de hostelería o limpieza, es posible percibir salarios de entre 4.000 y 6.000 francos suizos brutos al mes, lo que al cambio equivale a entre 4.200 y 6.300 euros aproximadamente. Países Bajos, Noruega, Alemania o Austria ofrecen condiciones similares, muy por encima de lo que ofrece el mercado español para el mismo perfil de trabajador.
Dentro de Europa, el sector hotelero se ha convertido en uno de los principales puntos de entrada para los jóvenes españoles que dan el salto. Y no es casualidad. Los hoteles, especialmente los ubicados en zonas rurales o de montaña, ofrecen algo que en España es un lujo: trabajo y alojamiento en el mismo lugar. Eso significa que desde el primer día en el país de destino, el trabajador ya tiene dónde dormir, ya genera ingresos y ya no tiene que destinar la mitad de su sueldo a pagar una habitación. La diferencia respecto a quedarse en España es, en muchos casos, matemáticamente abrumadora.
Irse a Europa no es tan fácil como parece: el riesgo que nadie cuenta
Pero irse a Europa sin una red de seguridad tiene un precio que pocos calculan antes de comprar el billete de avión.
El mayor problema no es encontrar trabajo. Es encontrar dónde vivir. El mercado del alquiler en las principales ciudades europeas (Ámsterdam, Berlín, Zúrich, Dublín) es tan tensionado o más que el español, y para alguien recién llegado, sin nómina local, sin historial de crédito y sin referencias en el país, las opciones se reducen drásticamente. Lo que queda suele ser caro, inseguro o ambas cosas a la vez.
Las estafas de alquiler online son una realidad documentada en países como Alemania y Países Bajos: anuncios con fotos robadas de otras webs, propietarios que solicitan transferencias por adelantado y desaparecen, pisos que no existen o que no corresponden a lo anunciado.
Y aunque se consiga alojamiento, los gastos de los primeros meses pueden resultar devastadores. Un Airbnb mientras se busca piso, una fianza equivalente a dos o tres meses de alquiler, los suministros, el transporte en una ciudad desconocida. Todo eso antes de cobrar el primer sueldo. Para alguien que llega con pocos ahorros (que es la situación de la mayoría de los jóvenes que describen este artículo), ese período de incertidumbre puede convertir una oportunidad en un fracaso económico antes incluso de haber empezado.
Irse a Europa puede cambiar una vida. Pero irse sin trabajo asegurado, sin alojamiento organizado y sin conocer bien el terreno es un riesgo que muchos no contemplan hasta que ya es demasiado tarde.
Beyland: salir de España con contrato, casa y sin sorpresas desde 2010
La agencia, fundada en 2010, acumula más de 15 años de experiencia gestionando programas de trabajo en hoteles en Europa para candidatos españoles. Su propuesta parte de una premisa simple, pero que cambia completamente la ecuación: antes de subir al avión, el candidato ya tiene contrato de trabajo firmado y alojamiento organizado a cargo del hotel.
No hay búsqueda de piso desde cero. No hay Airbnbs de emergencia. No hay incertidumbre sobre dónde se va a dormir el primer día. El trabajador llega, duerme y al día siguiente empieza a generar ingresos.
Los destinos disponibles abarcan algunos de los mercados laborales más atractivos de Europa: Noruega, Alemania, Austria, Irlanda, Países Bajos, Suiza, Bélgica, Francia y Luxemburgo. En todos ellos, Beyland trabaja exclusivamente con hoteles rurales o de montaña, que son precisamente los que ofrecen alojamiento incluido a sus empleados. Una ventaja que los hoteles urbanos, en general, no pueden dar. Además, en muchos casos las comidas durante el horario de trabajo también están cubiertas, lo que reduce aún más los gastos fijos del trabajador y dispara su capacidad de ahorro.
En algunos casos el alojamiento es gratuito al 100 % y en otros se descuenta de la nómina, pero a precio de empleado, muy por debajo del precio de mercado. Y hay un detalle que marca una diferencia enorme respecto a quien busca el alojamiento por su cuenta: está siempre a distancia a pie del hotel. Sin autobuses que perder, sin taxis nocturnos que se coman el sueldo, sin media hora de desplazamiento después de un turno de noche. El trabajador literalmente se cae de la cama y está en su puesto. Algo que parece un detalle menor, pero que, en el día a día de quien trabaja en hostelería con horarios partidos o nocturnos, cambia completamente la experiencia.
La pregunta ya no es si irse o quedarse. La pregunta es cómo hacerlo bien.

